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La claridad



La filosofía tiene vocación de claridad. Sin embargo, no siempre es fácil de leer, y esto por tres razones. La primera es la confusión de literatura con filosofía (distorsionar la representación de la idea filosófica por razones estéticas). La segunda es la complejidad del problema (que exige del lector unas referencias previas, un lenguaje y una atención especial). La tercera es el estado de la cuestión (si el problema todavía no está maduro, lo que se escribe es una exploración y no una exposición terminada).

La actividad filosófica se mueve entre los polos de la exploración y la exposición. Esto no quiere decir que la fase de exposición, en la que se supone que tenemos las "ideas claras", sea definitiva; en realidad es parte de un ciclo, por lo que siempre podemos volver a reflexionar sobre lo que teníamos claro y desarrollarlo más, corregirlo o, incluso, refutarlo. Pero el "momento de claridad" es esencial a la filosofía: es el lugar donde estamos instalados y desde donde podemos continuar, y es el punto de referencia para que nuestros interlocutores puedan empezar a entretejer un diálogo con nosotros.


En la fase exploración nuestro pensamiento funciona de otro modo: buscamos posibles asociaciones, hacemos analogías, ensayamos hipótesis, etc. Aquí es donde tiene sentido la metáfora, que sirve como una herramienta polivalente, por su pluralidad de sentidos más o menos apuntados en la dirección de lo que nos preocupa. Pero filosóficamente la metáfora se dirige a un concepto, no se usa meramente para evocar imágenes y sentimientos como hace la poesía. Poesía y filosofía son dos modos de abordar la realidad, sólo que el poeta es como el explorador, que quiere ver y tocar, mientras que el filósofo quiere (también y sobre todo) entender y clasificar.






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Racionalidad instrumental

Más allá de la necesidad metodológica comentada, el individuo sobre el que la ciencia económica contemporánea construye sus modelos exhibe en su comportamiento ciertas características específicas, entre ellas, el tipo de racionalidad que ha dado en llamarse, “racionalidad instrumental”. Según ello, la acción racional consiste en la elección del curso de acción más conveniente para alcanzar los fines que el individuo se propone. El curso de acción más conveniente, a su vez, es aquel que optimiza la relación entre medios y fines, es decir, supone la menor inversión de medios para alcanzar de manera satisfactoria los objetivos prefijados. Este modelo se llama también “consecuencialista”, ya que la racionalidad de la acción se evalúa entre otras cosas por sus resultados. En términos de Elster: “Cuando enfrenta varios cursos de acción la gente suele hacer lo que cree que es probable que tenga el mejor resultado general (…)  La elección racional es instrumental: está guiada por el

La perspectiva lógica de la filosofía

El programa filosófico del positivismo lógico es, sin duda, radical. Según él, las condiciones del discurso con sentido son muy claras: definición de los conceptos y corrección lógico-sintáctica de las proposiciones. Un concepto se define por un conjunto de rasgos que permiten decidir en qué casos singulares se aplica y en qué casos no. A su vez, una proposición sólo tendrá sentido si respeta unas pautas lógicas (por ejemplo, la correspondencia entre tipos de sujetos y tipos de predicados: una persona puede ser honesta y un número puede ser impar, pero predicar honestidad de un número o decir que una persona es par no tiene sentido) y si es verificable, esto es, si hay modo de determinar su verdad o falsedad. Toda proposición con sentido remite en última instancia a proposiciones que se refieren directamente a propiedades observables. Si decimos que París es la capital de Francia, debemos tener claro el concepto de “capital”, debemos constatar que los objetos “París” y “Francia

Lo abstracto y lo concreto

Suele decirse, con matiz peyorativo, que el pensamiento filosófico es muy “abstracto”. Ese matiz tiene dos sentidos: uno, el más común, el de dificultad –lo abstracto es más difícil de entender, se aleja de la intuición–; el otro, el de distorsión o adulteración –la abstracción presenta una versión reducida de las cosas y, por tanto, las falsea. Las dos objeciones son válidas siempre que se pongan en perspectiva. Abstraer no es otra cosa que aislar mentalmente ciertas características particulares de un todo concreto. Y un todo concreto es cualquier objeto individual (un objeto determinado en un espacio y tiempo determinados), cuya individualidad depende, en efecto, de todos los rasgos que concurren para hacerlo único. Ahora bien, enseguida advertimos que lo realmente difícil de pensar no es lo abstracto, sino lo concreto. De hecho, nuestro pensamiento funciona con abstracciones que dan lugar a conceptos que sirven para construir proposiciones con las cuales nos referimos al mundo cuand